O dia em que Heleno de Freitas virou um personagem de Gabriel García Márquez

Algum tempo depois, diante da máquina de escrever, o escritor Gabriel Garcia Márquez havia de recordar aquela tarde remota em que viu um time jogar no estádio. Em 14 de junho de 1950, ignorou o “medo de parecer ridículo” e foi assistir à vitória do Junior de Barranquilla por 2 a 1 sobre o Millonarios. Foi nesse dia que o colombiano, que morreu nesta quinta-feira, aos 87 anos, apaixonou-se pelo futebol, tornou-se um torcedor e se impressionou com Heleno de Freitas. Por uma tarde, um brasileiro entrou na galeria das grandes personagens criadas por esse colombiano genial, prêmio Nobel de Literatura de 1982.

>>>> Drama de uma estrela solitária em preto e branco

Não é difícil encontrar casos em que o futebol, com todas suas histórias, alegrias, tragédias e reviravoltas, foi rejeitado pelo mundo literário como algo inferior e que não merecia atenção. Nesse sentido, Gárcia Márquez e o francês Albert Camus foram alguns dos primeiros que identificaram a riqueza do esporte e foram importantíssimos ao incorporá-lo à literatura.

A visita de García Márquez ao estádio resultou em um texto chamado “El Juramento”, no qual o colombiano registra as suas impressões. Disse que nunca havia chegado tão cedo para um compromisso, nem saído dele tão esgotado. Entendeu como cavalheiros, geralmente tão finos, viram outras pessoas, ou “energúmenos livres de qualquer verniz que possa ser considerado como o último rastro de civilização”, quando colocam o gorro com as cores do time na cabeça.

Entre os jogadores, o que mais o impressionou foi Heleno de Freitas – e olha que, em 1950, o brasileiro estava no seu penúltimo ano de carreira. García Márquez escreveu que o ex-jogador do Botafogo poderia ser romancista criminal soberbo, pelo “seu senso de cálculo, seus movimentos calmos de investigador e os seus resultados rápidos e surpreendentes”.

Por um parágrafo, Heleno de Freitas virou um personagem como o coronel Aureliano Buendia, do clássico “Cem Anos de Solidão” – do qual eu livremente adaptei o começo para iniciar esse texto.  Ele se tornou alguém que fará companhia a tantas personagens memoráveis de livros inesquecíveis, como “Ninguém Escreve ao Coronel”, o “Outono do Patriarca” ou “Memórias de Minhas Putas Tristes”.

O colombiano concluiu que “não perdeu nada ao se integrar à santa irmandade dos torcedores” e que seu próximo objetivo seria também converter alguém. Não vamos nos meter a traduzir Gabriel García Márquez – já o fizemos demais – para manter a qualidade do texto do escritor. Segue o original do poema “El Juramento”, com as primeiras impressões do vencedor do prêmio Nobel sobre o jogo que a gente tanto ama. Então exercite o seu espanhol, que eu ajusto o meu aqui (e essa frase, como você sabe, não é do gênio colombiano. Mas poderia).

“Y entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado.

Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que fui ayer en las graderías del municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo, fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo. Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados, se sienten como un calamar en su tinta cuando se colocan, con todas las de la ley, su gorrita a varios colores.
Es que con ese solo gesto, quedan automáticamente convertidos en otras personas, como si la gorrita no fuera sino el uniforme de una nueva personalidad. No sé si mi matrícula de hincha esté todavía demasiado fresca para permitirme ciertas observaciones personales acerca del partido de ayer, pero como ya hemos quedado de acuerdo en que una de las condiciones esenciales del hinchaje es la pérdida absoluta y aceptada del sentido del ridículo, voy a decir lo que vi –o lo que creí ver ayer tarde– para darme el lujo de empezar bien temprano a meter esas patas deportivas que bien guardadas me tenía. En primer término, me pareció que el Junior dominó a Millonarios desde el primer momento. Si la línea blanca que divide la cancha en dos mitades significa algo, mi afirmación anterior es cierta, puesto que muy pocas veces pudo estar la bola, en el primer tiempo, dentro de la mitad correspondiente a la portería del Junior. (¿Qué tal va mi debut como comentarista de fútbol?).

Por otra parte, si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía. Haroldo, por su parte, habría sido una especie de Marcelino Menéndez y Pelayo, con esa facilidad que tiene el brasileño para estar en todas partes a la vez y en todas ellas trabajando, atendiendo simultáneamente a once señores, como si de lo que se tratara no fuera de colocar un gol sino de escribir todos los mamotretos que don Marcelino escribiera. Berascochea habría sido, ni más ni menos, un autor fecundo, pero así hubiera escrito setecientos tomos, todos ellos habrían sido acerca de la importancia de las cabezas de alfiler. Y qué gran crítico de artes habría sido Dos Santos –que ayer se portó como cuatro– cortándole el paso a todos los escribidorcillos que pretendieran llegar, así fuera con los mayores esfuerzos, a la portería de la inmortalidad. De Latour habría escrito versos. Inspirados poemas de largometraje, cosa que no podría decirse de Ary. Porque de Ary no puede decirse nada, ya que sus compañeros del Junior no le dieron oportunidad de demostrar al menos sus más modestas condiciones literarias.

Y esto por no entrar con los Millonarios, cuyo gran Di Stéfano, si de algo sabe, es de retórica.

No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago –públicamente– a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien. Y creo que va a ser a mi distinguido amigo, el doctor Adalberto Reyes, a quien voy a convidar a las graderías del Municipal en el primer partido de la segunda vuelta, con el propósito de que no siga siendo –desde el punto de vista deportivo– la oveja descarriada.”


Os comentários estão desativados.